Notas Just In Time

El camino es personal, aunque está todo señalizado

Lo nuevo, lo viejo y la medición de las distancias entre uno y otro

Hubo un tiempo (lejano ya) en que escribía en lugares como éste. Hace cuánto? Uf, hace muchísimos sucesos propios y ajenos: divorcios, gobiernos y desgobiernos, hijos que crecen, mudanzas, cambios de trabajo, de proyectos, aparición de arrugas, dietas, estilos de vestir y de vivir. Cambios en los talles de ropa. Amigos. Amores.

Ante todo visto, revisado y medido… y sí, por supuesto que éramos diferentes: apenas me reconozco ya en unos cuantos de esos aconteceres de otros días. Pero en el ritmo del movimiento… es en ese detalle en lo que puedo verme y definirme. Entiendo que a veces el cambio es paulatino, a veces es enloquecido. Pero en ese movimiento -sístole y diástole- me puedo encontrar a mí misma: en la forma en que puedo asirme o soltarme de lo que acontece, en el deslizarme o el tropezar con el paso del tiempo. A veces creo que bailo un tango con El Tiempo -sí, repito esta palabra, como una novia que pronuncia sin cesar el nombre de su enamorado-: el abrazo, abierto o cerrado, inconsciente o consciente, nos mantiene unidos. En armonía o no tanto, pero continuamos abrazados.

Para bailar el tango se necesitan dos. En este caso, el tiempo y yo. Él me invita a bailar, y yo lo sigo. Mientras dure su cadencia, estamos juntos. Sintiendo, disfrutando, viendo cómo podemos agregarle gracia al asunto. Pimienta y Sal: es que el tango es una danza espontánea, de mucha improvisación, en la que hay que saber comunicarse y encontrarse: «Dibuje, maestro». Yo lo sigo. Todavía.


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