Ayer tenía ganas de comer algo dulce y saqué un flan de la heladera, de esos que viene ya envasados. Leo en la tapa la fecha de vencimiento: 30 de junio del 2026.
Sép, ya se nos fue el verano y la mayor parte del otoño también; por eso, oh sorpresa, a mitad de año se me vence este bendito flan.

Le estoy poniendo muchas fichas a este 2026 en algunos asuntos que no son de vida o muerte, pero que a mí me importan más de lo que quisiera admitir. Es que en algunos temas urgentes, los de siempre, las cosas vienen siendo más previsibles, así que ahora tocaría reconfigurar algunos de aquellos pendientes más personales y que para la inmensa mayoría, a lo mejor, son también más irrelevantes.
Escribir como ejercicio cotidiano es una postergación recurrente que me ha provocado ansiedad en este último tiempo, porque parecía que nunca iba el cántaro a la fuente. Así que, como andaba cansada de ser mi propia deudora morosa y de repetirme en la carencia, decidí poner un poco de energía en reconfigurar los días para que me quede un hueco cada tanto y así tirar al ciberespacio estos gloriosos párrafos que andá a saber si alguno lee.
Pero ahora me pasa que no tengo el tiempo -o el foco- que me gustaría para corregir estilo, para definir mejor las ideas o depurar la sintaxis en que digo lo que digo. Es simple: o me quedo colgada de mis pensamientos por acá, o vivo, trabajo, cocino, comemos, me baño, me subo a ese avión que no se me va a quedar esperando; en fin, todos esos verbos prosaicos y cotidianos que me demandan tanto.
Así que tuve que bajar la autoexigencia y salir del “no puedo nunca” a “está en la lista de los sueños meh”, esos de los que no puedo presumir haber alcanzado, pero que se me cumplen de a ratos: son momentos de alegría, de vuelta a una sensación de beatitud que me reconforta y me aloja un ratito en Narnia, medio en trance, rodeada de ideas que andan suspendidas en el aire y que apenas puedo rozar -y con delicadeza-. Palabras ligeras y en desorden. Oraciones misteriosas o cotidianas que ya sé que debo volcar en otro lado como sea que venga la vida y haga frío, calor o llueva.
Entonces, qué más da si el proceso no transcurre como me gustaría. Antes el problema era que no podía, ahora no me voy a lamentar porque no puedo como quiero -el inconformismo paralizante es uno de los círculos del infierno-. Si vamos al caso, ni siquiera como flan casero, sino ese menjunje artificial que dura un mes en la heladera y no puede ni ponerse malo, porque seguro que no contiene un solo ingrediente de lo que mi abuela llamaría “flan”. El colmo del estoicismo.
Voy a mirar la mitad del vaso lleno: estamos casi a mitad de año, ya estoy escribiendo y sigo teniendo tiempo para bañarme y cenar con los míos, también. Nada mal, mis queridos, nada mal.






