En alguna fase prolija de la vida, al final de la peli el chico se queda con la chica y todo es rosas rojas y felicidad, los días grises “uno aprende a danzar bajo la lluvia” y suceden, unas tras otras, lindezas por el estilo. Momentos de Netflix & Sillón: aunque parecen frases de reel de Instagram diseñadas por la IA, son factos igual. Somos los protagonistas de una peli encantadora y de alto presupuesto, así que sonreímos para los flashes con genuina alegría.
En el resto de los días conviene alejarse de la autoexigencia estilo Hallmark, recordar que la pretensión de vivir a esa intensidad constante es una convención para armar, así que hay que dejar de compararse con los Otros y con el Uno Mismo de Allá Arriba y arremangarse el mameluco: la buena actitud nos renueva el aire de adentro hacia afuera y el sentido del humor cambia energías, aunque a menudo más bien alcanzan apenas para que no se bloquee el Estrecho de Ormuz que todos llevamos dentro. Estos momentos son los de mayor cuantía, nos refuerzan el temple de turno & contraturno y Uno se forja un cuero más duro.
Pero cuando estemos a centímetros de que nos atropelle el colectivo que se asoma al costado de la ochava, tal vez convenga movernos rápido nomás, sin pensarlo tanto. Correr hacia adelante, un pie y luego el otro, con la frente en alto y a lo Forrest Gump: menos frases de autoayuda y más acción. Porque habrá que dar un salto de fe y evitar el peligro inminente.
Todos hemos pasado por estas calamidades alguna vez y sabemos que para encontrar la salida hay que quitarse del parate y la inacción. Se trata de poner en valor el camino del héroe que nos ha tocado atravesar y reconocer que también nos toca la oscuridad, amigarnos con su presencia de vez en cuando y sentirnos orgullosos cuando logramos sobrevivir a tanto accidente de tránsito.

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