Casimiro Biguá, influencer tehuelche

Estoy cenando en Ushuaia, Tierra del Fuego, y en el restaurante veo unos murales con fotos de unos indios tehuelches colgando en las paredes. El nombre del lugar es “Casimiro Biguá”, así que todo el asunto me da mucha curiosidad y me pongo a investigar sobre el susodicho. Les cuento lo que pude averiguar, por si no se aguantan sin saber el chisme.

El niño se llamaba Casimiro. Nació en una tribu indígena, en el siglo XIX (la cultura aborigen viene con una mala racha desde hace cinco siglos, así que ese momento no era una excepción). Con las cartas que le tocaron en el juego, el pequeño no tenía mucho pedigrí que ostentar, así que su madre aceptó la oferta del Administrador de la Estancia del Estado y le entregó al chiquillo a cambio de grandes cantidades de aguardiente (todo el que ella y sus parientes pudiesen beber en tres días y tres noches). ¿Apellido del negociante? Bibois (de ahí que le quedara a Casimiro el Biguá con el que los lugareños aprendieron a apellidarlo, como brevísima alusión – fonética- al traspaso).

El indio tehuelche fue investido como Cacique y administró a su gente desde Río Negro hasta Magallanes: un montón de indios que habitaban unos miles de kilómetros. Al principio saqueó junto a su tribu las ciudades por las que pasaban, sobreviviendo de mala manera; pero el tipo era muy inteligente y se dio cuenta de que los tiempos ya eran otros: ahora necesitaba aprender a quedarse quieto para analizar el conflicto, ganar aire entre guerras ajenas y así obtener ventajas para los suyos. De esta manera supo pactar con Chile y Argentina -los contendientes que se disputaban el territorio- distintos beneficios para su gente, según se fueran dando los resultados de las batallas.

La diplomacia requiere habilidades de adaptación, así que el hombre se arremangó el quillango (la manta con la que se abrigaba) y aprendió a hablar un muy decente español; se convirtió al cristianismo, confraternó con Bartolomé Mitre y posó -el primero de los suyos- frente a una cámara de fotos. Su hijo, Sam Slick, fue bautizado como tal luego de ser evangelizado por los misioneros anglicanos establecidos en el Estrecho de Magallanes.

Sus progresos personales y familiares eran conquistas de otras culturas sobre sus propios ancestros (creo que en ningún momento pudo haber dejado de sentirse un sapo de otro pozo, por eso no veo tan mal que en sus principios negara y renegara de los Unos y los Otros cuantas veces quiso),

El hombre no fue un iluso: supo que vivía entre espejitos de colores. Entendió que podía lograr módicos salvoconductos, pero su pueblo era el primer vencido en una batalla en la que nunca tuvo una oportunidad real de ganar (hay veces en que estás en el lado jodido de la historia y a ese destino no hay con qué darle).

Finalmente, cuando las papas quemaban y había que decidirse por un bando, se fue al sur, defendiendo y representando a la Argentina en el medio de la nada: fue nombrado por el Gobierno Argentino “Cacique de la Patagonia, con cargo de Teniente Coronel”. Izó la bandera celeste y blanca donde el diablo perdió el poncho, y más lejos también.

Pasó el tiempo. Para cuando Roca llegó al sur para poner orden, reivindicar el territorio nacional y sanseacabó, Casimiro ya era polvo en el viento. Entre culturas cruzadas, entre caminos olvidados por Dios, el indio ya se había ido a morir con los suyos.

En resumidas cuentas, Casimiro defendió a su pueblo (los tehuelches) primero, a los argentinos después, y a su propia libertad antes que a nada. Es que al final de sus días, decidió no doblegarse ante un progreso que se le oponía cada dos por tres.

Como dijo el poeta, “la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”.

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