Algoritmos, Mon Amour

silhouette of man walking past colorful geometric wall

En estos días caí en la cuenta de la catarata de contenido digital que acarreo conmigo: está disponible como efecto residual de todo lo que anda suelto por la pantallita de mi celular, y desde allí se me adhiere a la vida cotidiana.

Del bunker de algoritmos en el que me inscribo me viene quedando una ensalada diaria de noticias de política (siempre sesgadas) leídas con un solo ojo, un listado de restaurantes espectaculares para conocer en Oslo que tienen promos increíbles esta semana (por supuesto, no estaré en Oslo esta semana), consejos de 4 segundos sobre 14 estilos de zapatos que serán tendencia este invierno en Moscú y también los principales 9 que se usarán este verano en la costa amalfitana, vlogs que proclaman los milagrosos efectos de una nueva base de maquillaje coreana y recetas infalibles con ingredientes imposibles de encontrar por esta zona que me instan a que las guarde ya mismo (tengo la íntima convicción de que nunca voy a preparar esas delicatessen en toda mi vida). 

Cual acumuladora virtual, abro una app y me caen encima infinitos “influencers” que tienen reglas para la vida que debo conocer hoy -pareciera que es bastante urgente-; también me ofrecen consejos sobre salud, su expertise en IA y/o en mercados financieros. Hay otros que tienen cuestiones inconfesables que confesarme -como si fuésemos amigos íntimos que nos conociéramos de toda la vida y ahora estuviésemos ahí, tomando juntos una pava entera de mate, pero por Instagram: el epítome de la empatía impersonal.

En fin, parece que en las redes tengo muchísimo contenido disponible pero que no viene a cuento de nada en mi agenda de impostergables personales e intransferibles. Entonces, ¿por qué se presenta a cada rato frente a mis ojos, a la desesperada espera de que yo lo haga mío? Ni que fuera Maná en el Desierto. Es que es TAN fácil abrir cualquier app y llenar sin pensar ese vacío que anda por ahí -que, sin embargo, es necesario que se quede así, vacío, aunque sea por un ratito-. Hoy nadie se sienta en medio del living a “pensar en nada” sin más, porque siempre hay una pantalla digital a mano que nos saca de esos incómodos silencios existenciales.

El reelismo inconsciente me lleva lo que no vuelve. Así que aquí hay un negoción en el asunto este de honrar mis prioridades que me parece que NO estoy haciendo bien. Bueno, no me quedará otra a encarar el Feng Shui Virtual, entonces. Ya no solo debo mantener en orden una casa, una oficina, una vida familiar, ¡una mente! En estos tiempos y por sobre todo, me toca encarar también una Planificación del Uso Personal de Pantallas con el objetivo de mantener cierto Minimalismo de Contenidos. 

Menuda Era Glamorosa la que se me viene encima: aburrirme soberanamente, como en los viejos tiempos. Para que en esos momentos sin estímulos de luz azul me surja, a lo mejor, alguna iluminación propia.

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